jueves, 27 de junio de 2013



En los suelos de España cada vez hay más paquetes de cigarrillos y más pies en las colas del paro.
Recostarse en el sofá y encender la televisión significa dejarse atormentar por historias de famosos que pretenden llamar tu atención a base de gritos e insultos, noticias del egoísmo de personas que en ansia por abarrotar sus bolsillos de avaricia acuden a la política y programas donde quebrarse los huesos es motivos de carcajada.
Salir un sábado es plantarte con un vaso de alcohol en cualquier descampado y esperar a que un “hombre” con la mente en los músculos sea haga ver más apetecible cuánta menos literatura conozca. Observar a “mujeres” cómo mueven sus cuerpos engalonados para encontrar pareja lo antes posible y así olvidar conocerse a sí mismas en la soledad de una habitación donde la verdad de nosotros siempre aparece, la carestía del haber nacido dentro de una mente y de un cuerpo preciso. Y ante todo, ver pasear a niñas que tapan sus caras angelicales entre toneladas de maquillaje y litros de delineador de ojos.
Sentarse en la silla de un café con un amigo implica que las personas paren y reparen en ti para inventar historias de amor o de infidelidades. Sufrir la belleza del desamor hoy es una lucha a contrarreloj para acortar el tiempo de hundirte en otros cuerpos para que como ya antes decía no brille esa carestía al recostarte en la almohada a solas en la más perfecta compañía: tus pensamientos. Y tras inventarte un nuevo amor aguantar complaciendo constantemente para no repetir el proceso hasta que no quede rastro de tu condición de mujer.


Sólo falta estudiar lo invisible para recapacitar que ésta crisis no es tan solo económica. 
Y créanme, sin demasiado esfuerzo yo no decidí que la vida me pusiera en esta sociedad pero lo que sí he decidido es no querer conformarme. Ser alguien diferente, alguien con autenticidad.
Matar el día teniendo la conciencia tranquila de ser alguien de calidad, la mejor versión de mi misma.

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