miércoles, 6 de enero de 2016

No sé que tienen las flores del camposanto,
consecuencia del baño de mis alas.

Perdonen la cólera de la boca mancillada por la descomposición.
Algún fantasma diabólico quiso hablar por mí y nadie es exorcista de mis extrañas entrañas.
Arrepentida de mis insultos,
 hormigas atrapadas en el atasco de mis tareas asesinas.

Los ataúdes son el pacto.
Y airosa de mí sólo yo comprendo mi dolor y mi ira.
Merezco el insecticida inquisitorio,
el frívolo desencaje de mis patrias.

La garganta mala quiere ser saludable.
La saliva madre teme a sus impulsos.
En mi delirio del daño debo morir envenenada.
¡venas, fuera!



Venas de la que tuvo todo en sus manos y nunca supo hacerlo más perfecto.
Si cabía.
Si aún hay un hondo para meterme como una avestruz, 
que se abra.
Ya ves tú,
no calculo mi presencia.
Y hoy,
soy dueña de mi miseria.

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