miércoles, 10 de febrero de 2016

Nada es para siempre donde hago papilla a pathos.
Recién llegada de Tánatos.

En la vida divina,
yo soy la diosa,
yo soy la antidiosa,
el espíritu santo.

Compito contra el vértigo,
compartiendo mis vísceras como un cedro,
hago las cosas conmigo.

Rezo para que mi hombre diga 'sí'.
Nada en el mundo es igual.
Él me separa de lo que creía conciliar.
Nada en el mundo es igual.
Y ahora que lo necesito y no está,
no debería llorar.
Cada uno por su parte,
yo soy la que reparto.

Difícil sobriedad,
me hago mal.
No importa el estiércol.
No sé como reposar.
En el hogar de bancarrota de varón.

Despacio,
clavada en mi cruz,
agonizando en la montaña de ceniza,
ferviente como en diciembre.
Tanteo el terreno que me tiene.

Grandes sueños,
comer todos los secretos.

Matar los miércoles como domingos,
rompiendo los huesos con la máquina de tortura rota.
Arrepintiéndome de hablar de más,
no pudiendo volver donde debía dar de menos.
¿Qué debiera hacer en la cabina?

En la televisión de la diversión ando.
Deambulando dando.
Dedos-tenebrario,
predican la templanza desaconsejándose,
lo bélico en la conquista,
las costillas haciéndose sus cosillas.

Móntame a mí,
líder de mi manada,
carne de mamada,
La noche chasquea el ritmo.
Abrir los bolsillos para olvidar esta brisa abriéndose.
Veo mi atardecer aparecer.
A mi amanecer desconocido pasear.

Silbidos de Sísifo.
'El amor es lo barato', repite.
Tomemos el rato.
El sueño corre rápido,
con un único coste,
el corte.


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