domingo, 4 de septiembre de 2016

Estoy en la sala de espera de la terapia por la muerte del tacto de mi conejo.
Tú, avistabas los cortejos.
No se me olvida como te hipnotizaba mi voz.
Ni como mi mente, apresurada, te abría todas las jaulas.
Nunca dejaré de hablarte, disponga de lo que disponga.
Tú eras la poción de la resolución,
de lo que hay que hacer y no.
Ahora eres la revelación.

Una ola de alas arrancan mis laureles.
Esfuerzo la fuerza con la hoz,
y un secreto escondido en el cajón,
para acogerme a su Consejo cada mañana.

Avisté la alarma de que el tiempo se acaba,
y que el ciclo será justo porque me elevará,
a lo que pediría.

Mientras,
en el tanto,
timaré al trono.

Deja que te coja y haga contigo la paradoja,
el jardín para coger.
Defiendo mi firma,
para ponerla en bandeja.

Una solución herida es un salmo,
pero tengo que ensuciarme rastreando el suelo.

Si no decido, no viene.
Vengo de las historias antiguas,
de la que sabe como va lo viril,
de las furias autodestructivas,
del defecto descuartizado.

Rellenamos la despensa con lo que se prensa,
tienes que resucitar lo que pesa.

El canto improvisado no tiene que tener miedo,
pensar es bueno en mis cosenos,
derrito la derrota,
por no poner freno.





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