sábado, 7 de enero de 2017






Escribo porque si no me doy continuidad en la eternidad me cuesta ir más allá.
Moribunda y sonámbula. Una crisis con monosílabos. Cicuta para jurar la ley. Un susto que palidecerá. Un cigarrillo en mis pequeñas manos. ¿Soy joven para morir? ¿O soy viva para seguir siendo un parásito social? Los psiquiatras se quedan detrás. Y yo me quedo en el peor hondo. Margino a lo que predomina. En pocos momentos, tengo lo que me merezco. Sacadme de casa ya, me vuelvo a dar continuidad y me vuelven a atacar, un agujero llamado terror. No estoy a salvo. Van a enterrarme. Lo pretenden todos los días, veo su vena en el cuello y aquel día maldito. Veo su frialdad y recuerdo todo el destierro. Salvadme del doméstico o me quedo sin voz. Hogar, dulce hogar, ten piedad.

En mi cuento, el hada es  un mosquito. Diminuta sociedad, no te acechan porque no te necesitan. El pánico de mi época es una tempestad donde soy insignificante. Ya no suelo llamar para llorar y me voy a prensar al blanco. Padezco las lágrimas de la exclusión con la misma voz con la que invoco al amor. Pobrecilla, toda la ilusión literaria y no hay manada. Mira, es la resolución de estar condenada, ser todo en nada. Mi llanto son muchos momentos. 

Triunfar muriendo en el cáncer emocional. La esperanza de despertar a la persiana es cerrarla. Tú eras para todo, pero estuviste atropellada como mosca. Los cuervos remueven sus cuencos y vieron que mis ojos eran grandes, pero que no sé al hablar. Musgo con sabor a estiércol. Cavadme ya, clavadme en el Valse Triste. 

La vida entreabierta es la muerte, la trágica lucha es la que más me representa. Paso hambre entre mis piernas. No hubo ningún error, hubo un presente bipolar. Carmín y agua salada, me dan y me quitan. Sádica desgarrada, estoy de prestada. Mi lápida es la más lamida. Ya no quiero besos, quiero botellas de arsénicos.

Escribo para dilatar mi rito. ¿Quién te ama? La llama llama. Mis amores aplastados tienen parte de reparto de estas perlas, llovizna de teclas. Me vio y me olvidó. Normal, me omito hasta yo.

El reino donde nunca se pone el sol, la perra meando a la vuelta de la esquina, partida hacia ti misma. Un trato, un derribo desenvuelto. ¿Apagar, suspender o reiniciar el equipo? Diluvié y me perdí en el sistema, seco, pero con termas.  

La piel descarnada. El estar despierto sólo dura un tiempo. Mis vísceras, al perro final, al fuego infernal. Una bacteria bifurcando bravía lo que me mantiene arrestada, aprieta mis labios y deja de hacerlos cauce, para hacerlos césped donde en mis miserias mi madre, la del paritario,viene a verme vence y se va. Y yo me quedo tan rota que no sé de que monumento he de tirar. Frágil Eva, en el paraíso perdido pérdida. Tendrías un destino bello si viniera la armonía, pero aún no sé distinguir los palos. Soy juzgada por mi apariencia, la confesión que se fugaba delante de mí. 






Pido repercusión como Rapunzel,
 una revelación que me haga cambiar esta suicida condición.

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