jueves, 28 de diciembre de 2017

Y ten en la memoria
que amar sin premio es la mayor victoria.

- María Zayas


Gustavo Adolfo tomaba descendencia Vasa. Desde su coronación ante Dios en Uppsala con 23 años, sintió que su misión era acabar contra toda irrupción. Semilla del protestantismo sueco. Culpaba al católico de idolatría y ejecución de condenas. Tanto corroía que en las calles los cristianos no podían esconderse de la pena de muerte. En el contexto de la imposición de la Biblia protestante, Europa era enfrentada en un punto y aparte. La Guerra de los Treinta Años dobló el valor de su nombre. Fauno de la juventud con aquellas.
Tras, una mujer de la comarca en estamento plebeyo, le concluyó al conde de Vasaborg del que nunca se ocupó. Mil seiscientos diecisiete, en el frente, la insinuación fue placer entre Axel Baner y él.

1618, Berlín sitió al laberinto de la flecha Finalmente, en mil seiscientos veinte, contrajo contrato de la divina confesión a firma opaca con María Leonor de Hohenzollern, hija de Juan Segismundo de Brandenburgo y Ana de Prusia. Ésta estrategia era una alambrada a Polonia apuntando al príncipe Jorge Guillermo, hermano de Maria Leonor, que atendía a una contraria iniciativa que incentivaría a una encendida patria polaca. La huida fue la decisión de una ávida de poder en la madre Ana atravesó el mar Báltico con desenlace en enlace el 25 de noviembre de 1620.
La conquista humana era la belleza, la modestia y la inteligencia. Reina y rey retenían febriles impulsos físicos donde la llama incendió a una niña de un año de edad y a un niño nacido muerto. La frustración rompió la fe y pronto la visitaría la rotura del equilibrio del ánima, envolviendo su personalidad en posesión, neurosis, perturbación y caída del equilibrio de la cordura.
El lujo y la ostentación material arrendarían las arcas del estado. La coronada seccionaba su goce en la elección de un séquito dictado en música, moda, peluquería, artistas y artesanos del mobiliario. El odio era un contenido recíproco en la calle y en la corte, pérdida en un clima helado y un cobijo extraño encontró la respuesta en la actitud del daño.

Estrógenos en el feto. Los astrólogos ascendían como en el zigurat la profecía e incluso el sueño como de José al faraón, la reina viviría a un varón. Estocolmo, 1626, 8 de diciembre, María Leonor de Brandenburgo renueva la vida como volcán en lava con vello y el llanto ronco. Las criadas alzaban la alegría con risas de adorno y el fulgor felicitó a Gustavo Adolfo. La fuerza genital tuvo un pero. 'Confío que esta niña me valdrá como un varón. Ruego a Dios que la guarde, ya que me la ha dado. Será astuta porque se ha burlado de todos nosotros.' Una hija rechazada por su madre adhería su culpa a su físico de ébano. El desinterés era tan absoluto que negaría su presencia en el bautismo. No encontraba consuelo materno en la degeneración de sus genes. La recién nacida fue dada para ser amamantada por Anna Svensson y la crianza sería colmada por criadas y doncellas.
En la inocencia del balbuceo, misteriosos casos eran atentados interrumpidos con hallazgo de secuelas como la molestia de las extremidades que acarrearía Cristina tras una caída del regazo de la doncella. Tras una viga accidentada a los pies de su cuna. Las culpas cargaban en estos hechos a María Leonor y a Segismundo Vasa, primo hermano de Gustavo Adolfo, en el deseo de recuperar la corona arrebatada que con la existencia de Cristina quedaba extinta.

El rey la embriagó de dedicado a su educación como varón, lo llevaba de paso de lista de instrucción, de irrupción de cañón. El roce decidió la devoción de una hija a su padre. Cuando entraba la campaña de la Guerra de los Treinta Años el rey convalecía y temeroso de pasear con la muerte, nombra a los Estados Generales para congregar la herencia en la decisión de la dinastía.



El llanto del adiós cierra la colección. El destino bélico, Pomerania, no podía prescindir de la reina y alcanzó costa en 1630. La instrucción de la educación fue el cuidado de Catalina Vasa y Juan Casimiro, al habito del castillo de Stegeborg. La naturaleza sería la rememoranza. Mientras, el conde con la perseverencia que se vuelca en la infancia, además también adjuntó el control de las finanzas. La reina era alejada de la economía y de la crianza pues su personalidad tendía a acabar harta con toques de histeria y perdición del control que transformaba la determinación en compasión.

La superstición es una sucesión de no poder incidir en la solución. Terribles a los ojos para la pequeña fue la ida incidida, Cristina se sintió recorrida por un cometa y por el cauce sepultado del Motala. La educación fue instrucción; esgrima, tiro y equitación. Alcanzó ecuestre el bosque, colmó la ausencia maternal en afecto familiar.

1632, 6 de noviembre. La batalla de Lützen fue el duelo del amor, cuando Gustavo Adolfo murió contra el catolicismo de Wallenstein. Despojado, derrotado, su cuerpo embalsamado fue velado por María Leonor hasta atracar en Nyköping. Como Juana, se negaba a donar el cuerpo del amado a la tierra. El arma arremetió contra la serotonina, cuando lágrimas se negaban la lápida. La presencia del yacente, mantenedlo en el manto de inerte, donde ella pudiera verle.

Tras la sepultura, María Cristina era el culmen de la usura. Reina de suecos, godos y vándalos. A sus pies, el reinado beso en mano. La reacción de subir se rindió a la entereza, la sesión de recibir consolidó la grandeza, la prisión fue la pueril realeza.

Después de la afrenta a la condena, María Leonor se rebelaría por la custodia. Convertida al opaco corazón, la madre abrió las puertas del castillo como Bernarda Alba cerraba las puertas hasta destruir la fortaleza. Hundida en la autoridad, su alma sólo debía procurar la actitud del luto. El año guardó el sepulcro en el aposento al ojo negro. Finalmente, en julio de 1634 fue entregado el cuerpo al entierro hasta posar el resto en la iglesia de Riddarholmen, cerca del palacio de las Tres Coronas.

La vida era más llena cuando dormía. El maltrato de su madre, el ecosistema de la muerte. Su madre no se retenía al avasallar con control, a pesar de su ausente amor. La mujer sin posesiones era la mujer de los dolores. Desamortizada de la tutoría, cárcel de demencia que golpeaba a su hija.

Ni el sabor, ni el saber ocupan lugar. Cristina volcaba su existencia a la letra. Johannes Matthïae asumió la educación en matemáticas, política, filosofía, historia, teología, astronomía y filosofía por la mañana. La tarde era idioma. Pretendida a la pregunta, le saciaba la respuesta. El recreo era la vuelta del arma o esfuerzo corpóreo o un baile de salón. Hasta los veinticuatro años, el inicio del nombre eterno. Arraigada la corona, fue el anclaje en la corte al rendido de pretendientes y sirvientes.



1636, regencia de Axel Oxenstierna. El primer indulto fue a María Leonor, él fue la separación. Con ella liberaba la nupcia de Cristina con Federico, descendiente del rey de Dinamarca, ansia de unir los tres reinos en supremacía danesa. La viuda fue ocultada en el castillo de Gripsholm, y renegada a visitar a la pequeña tres veces al año o en caso de indisposición anatómica. En su lugar, Catalina ocupó el manto materno hasta que una inesperada muerte cesó y recogió el dolor de la única persona por la que la niña había sentido amor.

La prisionera fue epístola en dolorosa caligrafía. Reclamaba a Cristina, y ella la redimía en desahucio archivado. Renegada a la soledad, se sucedía en la música, consultar conclusiones de la estrella, andanzas por la naturaleza y la literatura francesa. La vida era impedida, la huida danesa era pedida, la alta traición era pretendida. Por esta incisión en la calma, María Leonor tuvo que marchar a la explicación de su desprecio al reino. Así, se procuraron dos barcos de Dinamarca para un cambio de condición. Al ser consciente, Cristina lloró y culpó en la humillación de un reino que no pudo retenerla, culpa. Más pronto, María Leonor sacaría sus verdaderas características convirtiéndose en una inquilina indeseable. Después de movimientos en distintas residencias, se acordó mantenerla en Prusia con financiación sueca.

Cristina criaba la tristeza. La existencia en la corte no era poseída, era alcanzada. Salvada por la afición, su tiempo era la esgrima, la caza y la equitación. Culta y con potencia física asombraba a toda vista. A pesar de su retención del conocimiento, tenía una mente inestable. La conjunción era el pretendiente y no estaban ausentes; Federico Guillermo de Brandenburgo, el gobernador de los Países Bajos, el rey de España Felipe IV, Fernando IV rey de Hungría, el rey de Polonia, el rey Juan de Portugal. Su atención se desvío a su primo Carlos Gustavo en amorosa correspondencia. Él marchó a tropa, y su recepción en venida aún fuera héroe nacional. Sin sumisión al matrimonio, halló su decisión; Carlos Gustavo sería elegido para la sucesión. Por otra parte fue nombrado coronel de guardia Gabriel de la Gardie, Magnus Conde. Y ascendía y ascendía como consejero, como tesorero, y ante el peso de la atracción con desconcierto fue desposado como una hermana de Carlos Gustavo.

El amor de Cristina fue retenida por Ebba Sparre, presentada como dueña del lecho y hermosa interna, bella externa. Nunca cesó el primer amor; Ebba Brahe dama y cortesana rota por la repatriación por Cristina de Holstein-Gottorp, jueza del destierro. Y ella no correspondió, su favorita se casó pero la correspondencia de amor nunca cesó. Y no fue la única, del elixir del deseo sucumbió a la señora de Thianges, hermana de madame de Montespan, favorita de Luis XIV. 1654, el aprecio de Raquel era la ansia de intimidad, en carroza o en campestre los besos eran lo suficiente hasta que un cumplido familiar la amonestó.



A sus dieciséis, la salud no era su incisión. La retención de sus damas era aborrecida. Renegando de lo que se consideraba afición femenina, era fe de caballeros. Aplicada al Estado, le otorgaron los poderes antes de los veinticuatro. 1644, 7 de diciembre, en asiento en trono, los regentes eran arrodillados. La promesa ante la Iglesia Luterana apremiaba su intromisión en la decisión del Senado, seguir el legado constitucional y cuidar de la nobleza. Pensaban ellos que iban a ser mantenidos, pero la realidad es que el poder era producto de lo requerido.

Despertaba a la lectura y al estudio, hasta que tuvo que rendirse a desvanecerse. El insomnio, el dolor menstrual mensual, la fiebre la hundía en la circunstancia. Fue en este momento cuando apareció Pierre Bourdelot, un médico que la curó, y le influenció en un carácter libertino. Perdida en la secesión de sus facultades, había abandonado a su ser. La cura era la calma y la elección de la diversión. El milagro tenía el apellido Bourdelot así que a él se confió. Amado por ser el salvador de la regente, odiado por su burla al erudito en el debate literario. Él la alejó a ella de los asuntos estatales hasta 1653 cuando abandonó Suecia a su Francia.

1650, 20 de octubre. En la catedral de Estocolmo, hizo la costura de su coronación en la sumisión del calor de su nación. En el palacio de las Tres Coronas, se alzó en el altar la corona de oro que guardaría hasta el inhumar. El cetro, el globo, la espada y la llave ya tenía irrupción del mando, las monedas que lanzó iban de mano en mano,




Sin importar las consecuencias de su físico, el acierto era la afiliación a irradiar entre letras y ciencia, convertir la capital en el centro de la cultura. Lo bélico fue un cambio a la delicadeza del conocimiento. A la orden de la supremacía sapiencial y , expropiaban manuscritos y libros en la conquista del lugar.

La Guerra de los Treinta Años mataba la carne hasta que al terminar el corazón de la regente se tornó de lucidez y obligó a un alto al fuego. Esta estrategia se consolidó en la Paz de Westfalia con un nuevo nombre a Suecia; gran potencia.

El interés intelectual tenía su parada a forjar. Mecenas atenta, hasta Descartés se implico en crear sabiduría al palacio de las Tres Coronas. Su suposición era embellecer almas con una academia donde Descartés sería la piedra angular. El recelo cortesano erradicaba la misión de otorgar una plenitud cognoscible filosófica y católica. A los cinco meses de su llegada, murió en sospecha de un veneno.

Minerva del Norte construía un Estado implicado en la exuberancia mental. La eminencia era dueña de la cátedra. Las eminencias eran los dueños de las becas. Aun así, el ojo sólo miraba la intención, donde el alto gasto olvidaba la inanición.

Católica al ser, luterana al ejercer. Convencida en discusiones con sacerdotes, buscaba dejar de obedecer, para dedicarse sólo a comprender. Felipe IV de España, atento en la consideración de la mutua religión envío a Antonio Pimentel de Prado para afianzar la fe. La admiración fue la entrada a la construcción de un apartado español en la Universidad de Uppsala. El punto de la conversación sería la abdicación.

1654. Al abandono de la salvación, pretendía alcanzar una sapiencial liberación. Convocados los altos cargos, pedían salvar la descendencia por precaución, porque aún fuera mérito cualquier acción. Comprometidos cortesanos, mantuvieron un deseo de involucrarse en continuar con la crecida del esplendor.

La resta del arca era la recepción de la necesidad, menos al favorito real. Abrumada tras una reunión senatorial, marchó libro de Platón en mano a la isla de Gotland. Desequilibrio fue la decisión y residencia en Roma era el punto final segura de sí, pero no de la feminidad para reinar.

Resuelta comenzó a envolver pertenencia al acecho de la peste. A Gotemburgo, posesión en carro, aplicó a la corte. Tras la discriminación de la elección que nunca soportó, así se despidió siempre de su madre. Un año después, descansarían sus restos en Riddarholmen.

Uppsala, 5 de junio de 1654, del atributo se desprendió en la descoronación. Carlos X Gustavo fue la respuesta a la continuación. Ella no lo vio, decidió pasear sola alrededor.

La marcha del paraíso perdido era seguida por la comitiva, pero con regreso en Flottsund como en Märsta regresó Carlos Gustavo al reinado. Cristina marchó despojando el valor de palacio. Aunque en Kalmar le pidieron ser escoltada, ella respondió ir sola como intrépida amazona. Unía su aspecto a una concesión varonil, sentía que la aventura se demostraba así. Hasta que no alcanzó hogar, no se preocupó de atuendo de feminidad.

23 de julio, Hamburgo. Diego Teixeria y Raquel judío de negocios, fue la guarida. Se desenvolvió en la extravagancia, Alemania lo comentaba, Alemania se burlaba. Vulgar, deformidad, defecto nasal, hermafrodita. Francia no podía perdonar a España en amistad. Ningún lugar era su sitio austeridad, decidió marchar. Amberes la salió a visitar. En Bruselas fue la curiosidad. En la ida a Italia, Leopoldo Guillermo de Habsburgo le mostró todo lo que coleccionaría. Por residir en el palacio de Egmont, el inquilino tuvo que abandonar su hogar. Allí se encontraría con huecos de su corazón; Pimentel y Bourdelot. Centro de deseos, todos querían arrancar de ella una palabra. Acudían a serviciales tertulias en conversación de doctrina.

Para conservar su seguridad, pidió cuatro millones de escudo por entregar todos sus activos. Pronto se acabaría la pensión destinada al mantenimiento de las alturas de sus jornadas. Tuvo que cambiar el valor de la vajilla y las joyas por liquidez.

En la noticia de renegar del luteranismo, su reino la solicitaba con severidad. Mandatos sin sugerencias, surtían la decisión a amonestar. Cristina siguió su reiteración y juró por el Vaticano en una ceremonia íntima. Inmediatamente quería respirar a los intermediarios en Italia, pero el Papa Alejandro VII exigía que lo demostrara en un grito mundial. Seguida por la exigencia, el acto se celebró en Innsbruck con el séquito y sus maestros del ánima. Fue el momento que dejaría, para Suecia, de ser grata.



1655, 20 de diciembre. El Papa la recibió en gran acontecimiento. Ofrecida en casa sagrada, su alojamiento era en la Torre de los Vientos. 23 de diciembre, la entrada al triunfo fue por la Porta Pertusa cerrada desde que Carlos V dio el paso. El emperador y el alto cargo dio el recibimiento. Una estatua ecuestre andante admirada llegaba hasta San Pedro. Tanto fervor era porque la religión la corroboraba como ejemplo. 25 de diciembre, Cristina comulgaba la confirmación.

El palacio de Farnesio era su alojamiento en una estancia donde todos apreciaban los recovecos de su conocimiento. Todos daban sus honores y pronto el Vaticano tendrían recelo de sus excesos. Entre exigencia y entrega, la religión era a su manera. A pesar de ser querida en muestras, la soledad no la amansaba. Visitaba lo sagrado como artístico y no como prelado. Determinada a vivir excentricamente, en gastos en competición con las fortunas romanas ella no escatimaba.

El palacio de Farnesio se había convertido en el epicentro del robo. Así, el duque de Parma pidió explicación y represalias al Pontificado. Convirtió el matrimonio en adulterio. Sus piernas se abrían en faldas como un varón. Pausaba con crítica las obras de teatro. Negaba la oración y la reliquia en adoración. Alejandro VII comenzó a perder sus sentimientos.

Una alma gemela hace que dejes de fijarte en ti para fijarte en ella. Decio Azzolino tenía treinta y dos años de edad cuando convertiría a Cristina aún más intensa.

Un viaje de biografía se había iniciado, a pesar de la gran amenaza del enemigo turco marchó a Lyon. A los nueve días se enamoró como nos embelesamos con Diana en el baño. Comenzó a cortejarla, a desear cambiar de sexo, a anhelar besarla al completo.

Siguió su travesía vía parisina. Allí comulgó en Notre Dame donde todos fueron testigos de como lo sacro le daba igual. Visitó los enclaves literarios, durmió en el Louvre como si fuera la entrega de un mecenazgo.

La visita circuncidó Compiègne, rumbo a Luis XIV. Allí iluminó al gobierno de Mazarino. Ella quería demostrar su ardid en la batalla, como su padre que nunca fallaba. Su mano en el Universo en Napolés estaba. El interés de Luis XIV deseaba, su curiosidad en la estrategia. Para ello viajaron a Chantilly, a la mansión de Le Fayet. Cristina arribó con el cardenal y el duque de Guisa. Comenzó la afrenta. Mazarino la propuso como reina de Napolés, si el sucesor era el duque de Anjou, hermano menor de Luis XIV. Firmó el inicio, las tropas estarían a su permiso.

La peste romana desviaba, pasó su descanso en el palacio Pesaro en el Adriático. Desde allí ansiaba las bélicas órdenes, pero parecía que el gobierno francés la había entregada al olvido. Mazarino se entregaba a otros asuntos e intereses, como una alianza contra España con Inglaterra. Él no podía perder el compromiso así que la hundió en la ilusión. Ella pidió del atuendo la confección. Pero lo inesperado se revelaba; España sabía el plan. Empezó a desconfiar de su séquito hasta que pudo saber que era Monaldesco que dio crimen al crimen en la ejecución. El odio patriótico circuló contra Cristina, todos agregaron a su mente leyendas negras.



1658, 18 de mayo. Negaba el Papa su vuelta tras ser Caín en Francia. El modelo se había convertido en un excremento. Fue Azzolino quien la ayudó a recuperar su reputación. Finalmente, se le adjudicó en una residencia en el Trastevere y una renta anual para cumplir cualquier pensamiento emergente. Azzolino curó sus deudas y la determinó en los daños de sus detractores. A pesar, su financiación no era inversión. Vendió diamantes a Mazarino, a Suecia en guerra con Polonia reclamó. Fue la época que Carlos Gustavo por el alcohol murió. Hubo de marchar a su país pues el heredero era menor y enfermizo, allí quería firmar un acuerdo para continuar la sucesión.

El pueblo la recibió con compasión, el consejo con aversión. El conde Magnus de la Gardie le declaró la fuerza del odio. Y no cesó cuando instaló una capilla en el palacio de las Tres Coronas presidida la misa por un eclesiástico italiano. No tardó el rechazo luterano al que respondió afirmando su sitio en el trono. Todo se le negó.

Forastera soberana, sus sueños fueron maltratados. A pesar de la animadversión, decidió instalarse en el castillo de Norrköping a expensas del fallecimiento de Carlos XI. No sucedía y en la primavera de 1661, sucedió marchar a Hamburgo. Desde allí, comenzó a adoptar una actitud mesiánica dirección a la tolerancia. Con ello, sería reconocida como salvadora de los judíos de Roma a la que volvió en 20 de junio de 1662.

1666, no aprisionaba su cuerpo en lugar de eternidad. Atormentada, sabía que algunos guardaban una fidelidad parental. Regresó a concordar una situación real, pero cambió la enfermedad del regente a ella; gripe y migrañas. A finales de enero, se renueva su vitalidad.

Al conocer la noticia de que en el mes de mayo, se realizaba un nuevo consejo en Estocolmo. Acude para conseguir una inestabilidad económica con la condición de no ser partícipe de la sesión y de no estar acompañada por intermediarios cristianos. Aún impedida, viajaba con un sacerdote directo a la expulsión. Cualquier apoyo acabó.

Junio, 1667. Fue lo último que surcó el paisaje sueco. En la trayectoria, muere Mazarino y Alejandro VII. Toda seguridad se desvanecía. Ávida de corona intentó conseguir el trono de Polonia después de que la muerte Juan II Casimiro Vasa. Nada. Regresó a Tierra Santa.

Su llegada por la Porta del Popolo seguida de un banquete del Quirinal. Se instaló de nuevo en el Trastevere. Clemente IX se ocupó de mantener su economía y la convirtió en la reina de Roma sin corona. La muerte de Clemente tendría la continuación de Clemente X, que intentó no inmiscuirse en la intensa vida intelectual de Cristina. Por otra parte, Carlos XI intentó anestesiar su relación y aumentó sus ingresos con erarios públicos y le permitó arrendar la tierra.

Consiguió que el Palacio Riario brillara de conocimiento. Llena de admiración, funda la Academia Real, lo que hoy en día es la Academia Arcadia. En el salón del trono, creo la Academia de las Artes y las Ciencias con laboratorio y observatorio. En Roma, fundó la posibilidad de la actriz y el cobijo del actor.

Carlos XI sufrió un accidente de caballo cuando era un intrépido guerrero. Nuevamente, pidió el derecho de parentesco para el trono. Pero nada ocurrió, el soberano se curó y recibió un descendiente varón.

Clemente X fue sucedido por Inocencio XI. Su autoridad, a pesar de su pasado cultural, prohibió la representación cultural. Riario se convirtió prácticamente en un lugar de clandestinidad.
Luchadora por una satisfacción propia y social, la edad empezaba a escasear. Ante la vejez o la muerte, prefería dejar de ser relevante. La enfermedad comenzó a envolverla y los cánticos de su cura se convirtieron en recaídas. Fecundó el testamento directo a Azzolino. La etxtrema unción de la absolución cuando el 19 de abril falleció a los sesenta y dos. No me exhibáis, completarme en una sencilla ceremonia y guardarme en el Panteón. Sólo la muerte cumplió, una ostentosa ceremonia la despidió y fue enterrada en el Vaticano, en la cripta de San Pedro con honor de pontificado. Rezó así la función del epitafio;

'He nacido libre, he vivido libre y moriré libre.'